Fukushima Mon Amour
Publicado en Diario de Noticias, MILENIOLunes 28 de marzo de 2011
YA ha ido pasando el tiempo, y poco a poco la contaminación de las sustancias escapadas de los reactores dañados de Fukushima comienzan a viajar por el aire, el agua y demás. No se lea esto como algo catastrofista, sino como el hecho que es: a día de hoy se ha tenido que ampliar la zona de exclusión humana debido a que los niveles en ella superan los límites superiores considerados inocuos y legales. Y se han ido dando datos de que esos niveles se han superado también en zonas densamente pobladas. Cierto que los niveles máximos son realmente pequeños, pero eso no impidió el que se consideraran como límite de lo autorizado; y si en tiempos de paz hasta los más alegres aliados del poder nuclear transigieron con los mismos es porque también lo creían razonable. Cierto que la radiación recibida en muchas zonas no causa daños, mucho menos de la dosis que uno recibe al hacerse un TAC. Lo que pasa es que uno no se somete a la prueba diagnóstica simplemente por vivir en el sitio equivocado, a unos cientos de km de una central nuclear accidentada, sino porque hay un criterio médico que asume el riesgo como razonable.
Quizá está aquí el punto sobre la i que no hemos querido colocar, por aquello de que no convenía ser apocalíptico como esos políticos maleducados y egoístas que quieren distanciarse de cualquier problema en vez de afrontar sus responsabilidades. Si realmente son riesgos razonables. Uno se pone a pensar que nunca nos preguntaron si era razonable instalar centrales térmicas que producen una contaminación bien medida y que además provocan emisiones de efecto invernadero. Ahora que estamos mirando los riesgos razonables deberíamos también estudiar los asociados a todas y cada una de las fuentes energéticas de las que dependemos. Y no solo porque puedan producir daños en la salud, sino también por las dependencias económicas, políticas, las huellas ecológicas y otros factores. Aquí es donde uno echa de menos, en estas semanas, a los gestores de la cosa pública, que andan reunidos por lo que se ve. No se si acabaremos de convivir con las fugas de Fukushima mon amour, pero ya empieza a cantar el que nadie diga nada sobre el futuro.