Relato Optimista
DIARIO DE NOTICIAS - MILENIOLunes, 6 de diciembre de 2010
No se si queda nadie por ahí, o a estas alturas siguen publicando el Diario de Noticias. No se si tras el cierre del espacio aéreo vino además un ejército de orcos que se llevó por delante lo que quedaba del estado del bienestar incluyendo las vírgenes púberes (en eso siempre han sido unos rijosos degenerados los neocons) y la leva de los primogénitos. Ignoro de veras en qué quedaron los anuncios de diferentes plagas bíblicas que habrían de asolar el país, porque total ya nadie recuerda esas cosas, y cada mañana la numerología establecía las cifras que debíamos repetir durante todo el día. La prima de riesgo, el ibex treintaicinco, el precio del barril de brent, el incremento del paro y la edad de jubilación componían, en manos de esos nigromantes que dominaban la tierra, los elementos de una cábala que habría de justificar quién en concreto y en qué momento del día iba a ser inmolado en la hoguera del antiguo y ominoso dios de los mercados.
Se hace casi imposible recordar en qué momento la actualidad quedó convertida en una suerte de saga neoartúria gore de dragones y mazmorras y anillos únicos que sostenían la suerte de los hombres y de los capitalistas, aquellas dos antiguas razas que habían vivido un remedo de convivencia (realmente la excusa para una esclavitud de consumidores y deudores). Mientras cada vez había más poder en manos de menos gente, que paseaba sus Bentleys mientras por los megáfonos que ahora recorrían la piel global de aquella tierra demedidada se nos exigía seguir trabajando más tiempo y mejor por menos dinero y con menos derechos, el resto del mundo vivía embelesados por la vida ajena de futbolistas y famosas, hechizados a través de las pantallas que, además, ahora eran de led y en tresdé.
Sin posibilidad de localizar al héroe de la historia, que enarbolara los poderes antiguos de la libertad, la igualdad y la fraternidad contra el maligno, supimos ya demasiado tarde que los malos habían ganado la partida. Y que el cuento terminaba ahí. No nos atrevimos siquiera mi mirar con Monterroso si el dinosaurio todavía acechaba. Para qué.