La Plaga
Publicado en Diario de NoticiasMILENIO
Jueves 13 de noviembre de 2008
Un 10 de noviembre de finales de los 90 moría en su casa y rodeado de su familia Francisco, a los sesenta y dos años de edad, de un cáncer relativamente rápido y terrible. Su compañero de toda la vida, Juan, había podido tener unas últimas palabras con él unas horas antes, en una visita que hipócritamente parecía la de un viejo amigo y nada más. Juan supo que ese momento doloroso en que besó su frente era la última vez que vería a su marido vivo. Ningún derecho le amparaba, nunca fue oficial que el probo empresario de una ciudad levítica del norte de España fuera gay, por Dios, qué locura. Fran era un hombre serio y formal, que hizo del negocio familiar una importante empresa que ahora quedaba en manos de una familia que nunca le comprendió, y que toleraba sin preguntar que desapareciera de vez en cuando para irse al Sur. Conocían a Juan, oficialmente ese amigo que mantenía desde los tiempos de la mili. Juan y Francisco se iban de vacaciones, pero nada más. A la vuelta, cada uno en su casa, según me contaba el otro día un Juan ya septuagenario, precisamente en el aniversario de la muerte de su esposo, que ahora siempre celebra en el sur de Gran Canaria, lugar donde venían siempre huyendo también del frío otoño de su Vetusta.
Parejas de hombres de toda Europa buscan en esos paraísos del turismo homosexual la libertad que no tienen en sus ciudades. Desde hace más de 30 años, gente como Juan y Francisco encontró aquí, en un mundo mucho más alemán que español, el lugar donde se convertían en un matrimonio de verdad. Para no hacer nada especial: ir a la playa, pasear por las avenidas cutres de la ciudad turística, sentarse en las terrazas con otros como ellos, mirando a veces con concupiscencia cuerpos más jóvenes, más dorados, más sensuales que ellos mismos, a quienes el resto del año les estuvo siempre vetada cualquier muestra de afectividad, casi de afecto.
Juan, el viudo que no fue, nunca figuró legalmente como nada del muerto que una familia de las de siempre acaudaló lejos de él. Ahora en Canarias revive año tras año lo único que no pudieron quitarle: esas semanas de matrimonio verdadero bajo el Sol y las palmeras. Le pregunté a Juan el otro día sobre lo del referendum de Rouco, sobre la plaga de Cañizares. Me miró, serio y grave, bajando la cabeza y me confesó: “verás, yo soy católico, al fin y al cabo”.