Olores De Humo (BC012)
Le leía a Extrujado (por cierto, no dejen de ver el corto que ha colocado hace un rato, King Size) que, en su segunda destabaquización, el mundo le huele aún peor que la otra vez. Que, por otro lado, intenta huir del humo ajeno al que yo, confesaba el otro día, me acerco de vez en cuando porque me atrae como llegar a casa de vuelta de un viaje. Claro, él puede comparar entre sus dos veces... Yo no tengo ese marco de comparación. Puedo comparar entre lo que pasaba hace tres semanas (esta noche cumplo tres semanas, casi 840 cigarrillos no fumados y 105 euros ahorrados), pero ando caminando en un paisaje desconocido.De hecho, cada pequeña alteración de mis pautas habituales es sospechosa de deberse a la nueva situación. Más, claro, cuando uno anda tomando medicamentos que alteran el funcionamiento cerebral y, así, la conducta. Si tengo burbujitas de ansiedad en el estómago, no sé si es un efecto del bupropión o es porque quiero prender un cigarro (lo deseo continuamente, otra cosa es que pueda sobrellevarlo con cierta tranquilidad, y con la voluntad deseada de no prenderlo, quiero decir). Si me pongo triste o melancólico o me hace daño algo que normalmente no me producía ese sentimiento, sino otra reacción, la duda vuelve. ¿Me entristecen más las cosas que antes de dejar de fumar? Creo que no. Pero también podría ser que, simplemente, han tocado tres semanas más tristes.
Pero quería comentar algo del asunto de los olores. Claro que distingo el olor del fumar, y del humo. Siempre lo he distinguido y en casa, cuando entraba a mediodía, olía el olor del tabaco del día anterior, de esa misma mañana. Ahora lo sigo oliendo, pero poco a poco la casa va dejando de oler. Poco a poco porque basta con acercarme a cualquiera de las muchas estanterías de casa para encontrar ahí pegado a los libros el olor del tabaco. O eso me parece.
La cazadora de cuero negro, por ejemplo, se resiste a dejar de oler a tabaco. Y cuando me la pongo me envuelve un poco en el pasado. La cartera de los documentos, la que llevo de un lado a otro cada día, también. La abro en el despacho y parece que hago algo levemente ilícito. O el coche, que ha ido guardando estos ocho años el olor en la tapicería.
Y también me pasa como a Extrujado (aunque él lo asocia a posibles alucinaciones en su sentido del olfato): a veces paso por un lugar donde no se ve a nadie fumando y, sin embargo, me huele a humo, a cigarrillo, a persona echando ese humo. Igual antes no lo notaba, sin más, y esas bolsas existen sin más en cualquier lado. Quién sabe.
En cualquier caso, me da la sensación de que nunca me va a oler mal. Es un olor que reconozco y que distingo, y que hace nada me envolvía continuamente. ¿Cómo renunciar a que sea parte de mi biografía? De la misma manera que me prometí no odiar a los fumadores, ni siquiera compadecerles, me prometo no aborrecer tampoco el humo y su olor. ¿Dejé escrito que tampoco hablaré en contra del tabaquismo? Pues si no lo había hecho, ahí queda. Me parece estupendo que la gente fume. Yo he decidido no hacerlo, e incluso estoy completamente convencido de que es una buena decisión, una de las que no tienen vuelta atrás.
Y digo esto porque la otra noche, Montse estuvo, la pobre, un buen rato sin atreverse a encender su ducados simplemente por no herirme. Menos mal que me di cuenta y se lo pregunté y pudimos hablarlo con tranquilidad. Entonces ella prendió su cigarrillo, se le alegraron sus ojillos, como siempre, y seguimos siendo cómplices, aunque ahora ya no compartimos los ducados. Bueno, y yo me acerqué un poco más a ella a aprovechar algo de ese olor que le salía de dentro.
* Bupropion Chronicles #012