Mea Culpa
He estado leyendo la apasionante historia que nos cuentan en Ciencia15 sobre muchos aspectos relacionados con el asunto de la marea negra del Prestige. Llevamos ya mes y pico con el asunto, ahora sabemos que vamos a tener que llevar mucho más todavía. Años. Que el desastre es lo que es por la acumulación de errores con miedo, posiblemente porque en este país los gabinetes de imagen o los asesores (que son usualmente familiares imbéciles que no podrían superar una oposición y han optado por la vía meritoria dentro de los partidos para ir alcanzando su nivel máximo de incompetencia... lo que se aplica también a sus jefes, los políticos con mando en plaza) cuentan más que los expertos que podrían asesorar. Cada vez más asquea ir comprendiendo cómo todo se fue canalizando hacia el peor resultado imaginable simplemente por pequeñas acciones estúpidas, por no oir a quien tenía realmente una opinión experta, por pensar que barrer la mierda debajo de la alfombra es conveniente... siempre que la alfombra aguante hasta después de las elecciones por lo menos.
Para mí quedan pocas dudas de que que en aquellos primeros momentos, con un barco averiado y con carga muy peligrosa, pero no con un barco roto y una seguridad de un desastre ecológico y económico encima, se obró mal. Como suele pasar, se intentó minimizar la cosa, se intentó largarla fuera, se intentó hacer inexistente el incidente.
El mal sabor de boca que me queda es que yo, en esos primeros días, fui cómplice de esa panda de delincuentes tarados elegidos democráticamente (aunque no para hacer lo que hacen). Porque cuando se supo el tema, lo que oíamos, veíamos y leíamos por los medios de comunicación era que un petrolero achacoso estaba poniendo en peligro el litoral gallego, que lo que se hacía era llevarlo lejos lejos para que no produjera mal alguno. Y yo me lo creí. Se acusó a la petrolera, a los dueños de la carga, del barco, al capitán, a los intereses económicos, a cómo funcionan los rescates marítimos... todo para hacernos sentir que estaban haciendo bien.
Ahora sabemos que no, que en ese momento, la gente a la que pagamos por dirigir nuestros destinos debería haber sabido que así no íbamos a ningún lado. En pocos días, además, la cruda realidad vino a demostrarnos lo que se había conseguido, lo que empezaba a suceder.
Fue en esos momentos cuando más arreció desde el poder la oposición a la oposición como estrategia, el negar la verdad, el mentir y el acosar. Pero para entonces ya no nos convencían, no nos iban a engañar porque estábamos viendo en nuestras costas ya lo que teníamos encima. El desastre comenzaba a matarnos a todos, por mucho de que nos dijeran que miráramos al cielo.
Mi mea culpa es que aun así, me engañaron por lo menos los dos primeros días. Precisamente esos dos primeros días en los que había todavía un abanico de soluciones, cuando había alternativas. Quiero prometerme que nunca más me dejaré engañar así, no ya por estos degenerados, sino por nadie. Sé, sin embargo, que volveré a equivocarme. A ser engañado.