Caras
(Publicado en Diario de Noticias, lunes 16 de diciembre de 2002)
Lo confieso, en mi descargo: mi contacto con el famoseo ese de las televisiones y de las revistas llamadas del corazón, colorines de vísceras o como se quiera es más bien escaso. Nulo no, porque actualmente es casi imposible que una persona que vea de vez en cuando la tele o lea de cuando en vez periódicos o revistas, que se tome un café con los compañeros de trabajo, vaya a hacer la compra a la tienda de abajo o, en general, viva aquí y no en una isla del Pacífico Sur (y no tenga internet ni teléfono) no esté enterado de algo de esta especie de folletín en el que unas cuantas personas tienen amoríos y desamores, presentan su casa o sus embarazos, venden sus bodas o se insultan en público y follan menos en privado de lo que cabría desear. Tengo, eso sí, una colaboración en un programa de radio en el que, en el mismo tramo horario, comparto espacio con una periodista de las que se dedican precisamente a estar enteradísimas de lo que es este mundo. Y a través de ella descubro historias alucinantes, a veces macabras, a veces muy patéticas, de gentecillas que viven por y para ese mundo. El pasado jueves estuve con ella: iba toda pertrechada de las revistas del hígado que salen, me enteré, ese mismo día. Las portadas tenían fotos (cito de memoria) de Marta Sánchez, de Ana Duato, de Carmen Ordóñez y de una tal Janeiro cuyo nombre desconozco. Lo más gracioso es que esta periodista estaba indignadísima: salvo la actriz, las demás habían cobrado por las exclusivas. Salvo la cantante, que lo que vendía era un embarazo lleno de felicidad, las otra dos lo que vendían era pura basura en la que más bien hablaban de otros que suelen ser también protagonistas de esas historias. O sea, cotilleos, tonterías, necedades y mucha basura al gusto del consumidor de esos productos. Yo pasaba las páginas de color y sólo veía caras. Caras muy duras, actores de una obra de teatro bastante interminable, intrínsecamente aburrida, penosamente interpretada y sin una escenografía mínimamente atractiva. Desde luego, en ese momento comprendí que vivía en otra galaxia.