Se pone la mano de visera y observa con atención a través del sucio cristal antes de entrar en aquel decrépito bar. Ha llegado intencionadamente pronto y tras una duda decide entrar. Mira en su bolsillo y calcula cuánto le costará un café con leche. Pero antes ha ensayado varias veces cómo debía pedirlo correctamente, apenas hace un año que ha llegado al país y todavía no domina una lengua que le resulta diabólicamente enrevesada.
Entra con miedo y saluda en voz baja. El camarero, enorme, sucio y descuidado, aparentemente hosco con los extranjeros, está a punto de iniciar una mueca de disgusto pero se contiene, al fin y al cabo tiene poca clientela y el dinero es bueno venga de quien venga. El hombre se sienta discretamente junto a la sucia ventana, pasa la manga por el velador y limpia de restos la superficie. Deja unos papeles, se acerca con una enorme sonrisa y el miedo pintado en los ojos a pedir el café y vuelve a su mesa. ¡Cuántos podría pagar por el mismo precio en el café de su lejano pueblo! Bueno, tratará de estirar éste todo lo que pueda, varias horas si fuera posible.
Sí, me ha recordado a una película que he visto hace poco, "Un franco catorce pesetas", que también intenta despertarnos un poco la memoria. Y aún dicen que no hace falta la educación para la ciudadanía. La educación a secas, vamos.