"La conjura de los machos"
Publicado en EL CORREOTerritorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 14 de diciembre de 2005
Ficha del libro:“La conjura de los machos. Una visión evolucionista de la sexualidad humana”.
Ambrosio García Leal.
Colección “Metatemas”, número 87 (dirigida por Jorge Wagensberg)
Tusquets Editores, 2005
384 páginas, 23x15 cm
Precio: 21,15 €
ISBN: 84-8310-410-5
Somos, los humanos, una rareza evolutiva en numerosas cuestiones, somos la única especie social y cooperativa que adoptó la monogamia como estrategia de apareamiento, o en la que las hembras ocultan (incluso en general entre ellas) su ciclo fértil, mientras que la diferencia anatómica entre sexos se ha acentuado, contando con el sexo masculino más grande de nuestro entorno... Entre los humanos el sexo constituye una actividad llena de matices y de placeres (llegando las mujeres a experimentar orgasmos comparables a los de los varones) que nos diferencias de los demás primates, incluso los más cercanos, que muestran una notable sobriedad sexual (excepción hecha de los bonobos, por ejemplo). Multitud de características muestran que el sexo es, en la especie humana, algo tan distintivo como la marcha bípeda o el tamaño de nuestro cerebro.
¿A qué se debe todo ello? El libro “La conjura de los machos”, del biólogo Ambrosio García Leal, presenta de manera admirable el complejo rompecabezas de la sexualidad humana a la luz de la ciencia. Gran parte de los misterios de la sexualidad humana pueden ser entendidos gracias a la capacidad de adaptación de nuestra especie. En eso no somos únicos: las diferentes estrategias sexuales de muchas otras especies nos pueden servir para entender las nuestras, aunque sin llegar a pretender una extrema sociobiología, una exageración en la que la única explicación de todo venga de lo “innato”.
Cita en su introducción el autor a Ramón Margalef, y a lo que él denominaba “lo barroco de la naturaleza” para mostrar que además de la herencia tenemos que considerar “lo adquirido”, las interacciones del entorno, el modo de vida, para explicar casi cualquier característica fisiológica o de conducta de una especie. Como la nuestra.
Al buscar una interpretación biológica del sexo humano se ha de huir de ese extremismo, que ha sido, históricamente, en especial durante los últimos decenios, muy abundante en la bibliografía. García Leal se intenta separar de todo tipo de explicaciones aparentemente “redondas” que han tenido mucha popularidad, mostrando que, en la comparación con otras especies de nuestro entorno filogenético, esas aparentes razones son realmente construcciones interesadas, a menudo porque tendemos a interpretar las conductas animales en términos demasiado humanos y, al revés, considerar que las conductas humanas son poco naturales.
Un ejemplo lo constituye la cuestión de la “guerra de los sexos”. Lo cierto es que la humana es la única especie en la que se tiene presente la relación entre el acto sexual y la procreación. Si pensamos en términos de qué sexo invierte más en la procreación y posterior cuidado de las crías (lo que se denomina inversión parental)y consideramos que las estrategias evolutivas harán que cada individuo pretenda perpetuar sus genes en las siguientes generaciones, la cuestión que mencionábamos de la monogamia humana se ha solido justificar en una guerra en la que las que suelen perder son las mujeres. El macho, aparentemente, preferiría una poliginia, que le da más capacidad de extender su semilla. Sin embargo, lo que asegura el éxito evolutivo no es una mayor camada, sino que esas crías consigan prosperar y convertirse en adultos. De esta manera, la hembra humana no es simplemente explotada, sino que utiliza la monogamia a su favor para asegurar que el macho invierta también energía y dedicación que, en principio, podría quedar relegada a ella.
Ninguna estrategia evolutiva que tenga que ver con la reproducción puede favorecer sólo a uno de los sexos: o ganan los dos, o no se podrá entender un equilibrio a largo plazo. Posiblemente, los primeros humanos establecieron sociedades principalmente monógamas debido a sus sistemas de caza y recolección, y las hembras encontraron estrategias adecuadas para conseguir que la inversión parental se repartiera. Se ha considerado por muchos autores que la disponibilidad de la hembra humana a la práctica sexual sería un resultado de esas estrategias: el sexo mantendría junta a la pareja, deslindando la función reproductora de su práctica.
La realidad es más compleja y las familias mmonógamas estables de los humanos conviven con el sexo extraconyugal y cierto grado de poligamia, como sucede también en algunas especies de aves. La idea del macho promiscuo por naturaleza y la hembra monógama por naturaleza, que utiliza el sexo para domesticar a su pareja no se soporta realmente en los datos biológicos. Aunque sean muy populares, esos libros al estilo de “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus” (de John Gray), o de “¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas?” (de Barba y Allan Pease), en los que se pretende justificar en la actividad cazadora de los primeros machos humanos y la mayor dedicación a la crianza de las primeras hembras casi cualquier diferencia entre los sexos, se olvidan del fenómeno fundamental, una especie de contrato establecido desde los primeros humanos por optimizar la explotación de los recursos, verdadera estrategia ganadora que permitió la proliferación de nuestra especie en la que una sexualidad rica y desinhibida jugó un papel mucho más rompedor que el simple de “lazo” monógamo.
Lo sexual y lo social
El libro de García Leal no pretende dar todas las respuestas al rompecabezas sexual humano, y el propio autor reconoce que en muchos aspectos sólo podemos acercarnos a hipótesis plausibles. En los diferentes capítulos, se abordan -con una erudición exhaustiva y con numerosos ejemplos de estudios realizados que no ahogan, afortunadamente, al lector- diferentes cuestiones de la sexualidad humana, a veces verdaderas rarezas biológicas como los orgasmos femeninos, el tamaño de los pechos en ellas y de los penes en ellos, así como los patrones básicos de la belleza, la masturbación, los impulsos bisexuales o las prácticas homosexuales, la prostitución e incluso se apuntan raíces biológicas para la represión sexual y la violencia de género.
El autor, a lo largo de todo su discurso, mantiene un continuo balance entre lo que puede aportar la biología y lo que queda como construcción cultural humana. El hecho de que seamos conscientes del valor reproductivo del sexo, aunque casi siempre lo practiquemos sin pretender precisamente expresar ese valor, le lleva también a especular sobre las razones de la libertad sexual y cómo en la sociedad actual hemos trastocado, posiblemente por entender mal el equilibrio entre ambas, una conducta que llega a mercantilizarse, a provocar obsesiones “antisexuales”, o a justificar lo políticamente correcto donde no hacía falta. En ningún lugar está escrito que por ser diferentes unos y otras tengamos diferentes derechos en una sociedad libre.