La Ciencia Es Cosa De Niños
Se suele pensar que la ciencia es una actividad “adulta”, de gente con bata blanca, en sus laboratorios... algo muy serio y, posiblemente, aburrido. Dejando aparte los estereotipos o las caricaturas, es cierto que tendemos a encontrar al científico y su trabajo como algo que, con la trascendencia que tiene habitualmente, es poco dado a la frivolidad. Además, es algo que parece que se aparta también de la idea de “niños” que tenemos: años y años de investigación cuidadosa es la trayectoria que nos imaginamos precede al hallazgo de nuevas teorías o de descubrimientos. Pero, por otro lado, la curiosidad -la capacidad de hacernos preguntas sobre lo que nos sucede- y la imaginación -la búsqueda de formas de encontrar respuestas a cosas sorprendentes-, esas sí, con características que asociamos con la infancia. A nada que reflexionemos vemos tambien que esas dos capacidades son el punto de partida de casi cualquier actividad creadora humana y, desde luego, de la ciencia.
Viene todo esto al hilo de unos premios que por séptimo año consecutivo se han fallado hace unos días en la Casa de las Ciencias de La Coruña, dedicados a premiar la investigación científica realizada por escolares. Estos premios, que conmemoran el trabajo de Luis Freire, un gran botánico gallego, premian, precisamente, “aquellos trabajos y pequeñas investigaciones que se distingan por la originalidad y el rigor de sus planteamientos y conclusiones”, como dicen sus bases.
Se trata del VII Premio Luis Freire de Investigación Científica para Escolares, que organizan el Ayuntamiento de La Coruña y el Corte Inglés, en colaboración con la Asociación de Amigos de la Casa de las Ciencias. Cada año, varios cientos de trabajos individuales, o de grupos con cinco alumnos como máximo, se presentan para ser evaluados por el Jurado. Y, siempre siempre, son sorprendentes los temas, las soluciones que aportan, y la gran enjundia de los mismos. Es ciencia de niños, de estudiantes de ESO (de 12 a 16 años), ciencia de sorprendente calidad.
Este año, el primer premio lo han conseguido unos estudiantes de Verín... ¡hablando de paracaídas! “¿Qué forma de paracaídas detiene mejor las caídas?” era el título del trabajo presentado por Abel Álvarez Rodríguez y José Manuel Jiménez Núñez, del IES Nº1 de Verín, en Orense. El jurado destacó su originalidad, el rigor en la ejecución y la constancia, y “por integrar la ciencia en la vida cotidiana y utilizarla para profundizar en los intereses personales”.
A Abel y a José Manuel les fascina la idea de que con un trozo de tela, o de otro material, podamos conseguir que la caída de algo se frene. A uno de los rapaces, que llegó a Verín desde Canarias, le fascina especialmente el aire y el viento. Allí en la costa hacia kite surf, aprovechaba el viento para moverse en su tabla sobre las olas. Y ahora, a más de 200 km del mar, ha encontrado en las cometas su pasión... todo lo que vuele. Como los paracaídas.
La verdad es que te pones a pensarlo y lo de los paracaídas sorprende. Funcionan en la Tierra, pero también se han usado en Marte, en Venus o en Titán. En esencia, ¿cómo funcionan? El paracaídas tiene mucha más resistencia a moverse en el aire, y esa fricción frena la caída. En caída libre en el aire de la Tierra, uno adquiere más o menos una velocidad -cuando la fuerza de la gravedad iguala la resistencia del aire- de unos 200 km/h. Con un paracaidas, aumenta esa resistencia y normalmente se llega a unos 6 metros por segundo (22 km/h), que es lo bastante poco como para -con cierto cuidado- tocar suelo sin rompernos nada. Evidentemente, la superficie de la vela, y su forma, son factores que alteran esa resistencia del aire, y por lo tanto, son vitales. Y la solución no es única: aparte de esos paracaídas clásicos, con forma de semiesfera, ahora se ven más otros más “planos”, que permiten incluso ser dirigidos para poder volar con ellos, como esos “parapentes”...
Así es. Los estudiantes orensanos ensayaron diversas formas, y no sólo teóricamente, calculando cómo eran las fuerzas de fricción, sino que realizaron pruebas con modelos de diferentes formas, hasta llegar a su conclusión. Para ello recortaron telas que tenían todas el mismo peso, pero diferentes formas: cuadrada, con más o menos ángulos... Ensayaron esos paracaídas en idénticas condiciones, por la tarde en el Instituto, desde el mismo sitio, con idénticas condiciones de viento, temperatura y humedad. Aseguraron que el lanzamiento fuera siempre en las mismas condiciones para poder tener medidas del tiempo de caída que fueran comparables. Todo un trabajo, en el que concluían que el mejor resultado, para una misma masa de tela, se obtenía con algo parecido a un círculo.
El segundo premio ha sido para Noelia Fernández Domínguez, Roberto Neira Conde, Emma Rivo Piñeiro y José Antonio Tesouro Abadín, del I.E.S. Universidade Laboral de Orense. El trabajo se titulaba: “¿Es cierto que la coca-cola tiene propiedades lubricantes?”
Ahí una gran pregunta de la humanidad... Pues, a ver, ¿cuántas veces hemos oído eso de las propiedades -digamos- no convencionales de la Cocacola? Que si servía como desatascador de tuberías, que era capaz de “derretir” un diente o un trozo de carne si lo dejábamos una noche sumergido en un vaso... o para conseguir que un tornillo oxidado consiguiera soltarse? Hay gente que lo dice, pero muy pocos han comprobado si es cierto... De hecho, en parte es una leyenda urbana, esas historias que se cuentan y se repiten de un lado a otro, pero nunca se verifican.
(Por ejemplo, eso del diente que desaparece en el vaso, es una leyenda urbana. Los ácidos -principalmente el ácido carbónico- son ácidos muy suaves, mucho menos que cualquier otro desatascador convencional... Un buen compendio de leyendas urbanas sobre esta bebida en la sección Cokelore de Snopes, Urban Legends Reference Page).
El trabajo premiado se planteaba comparar el efecto lubricante (quizá habría que haber usado mejor otra palabra), midiendo la capacidad de poder desatascar una tuerca y su tornillo que estaban oxidados. Para conseguir una muestra de tornillos y tuercas compatible, probaron diversas sustancias sobre los tornillos, decidiendo que con agua oxigenada podían tener un nivel de oxidación suficiente como para trabar bien los dos. El experimento, con cuarenta pares tornillo-tuerca, consistiría en sumergirlos en diferentes líquidos y comprobar cuál era más fácil de desenroscar.
Claro que si se hacía a mano era difícil poder tener una medida que no fuera demasiado subjetiva. Así que diseñaron un instrumento en el laboratorio, usando un torno de mesa en el que sujetaban la tuerca y aplicando una llave inglesa, a la que le colocaron un cestito donde iban poniendo pesos crecientes, para ver con qué peso se soltaba el tornillo. Probaron con agua, con aceite lubricante, con coca-cola y con otra bebida de soda... y, bueno, lo cierto es que la coca-cola les iba pero que muy bien. El jurado, como no podía ser menos, destacó especialmente el "incluir en su minuciosa investigación el diseño de un original instrumento de medida".
Vamos al tercero: “¿Cuál es la estructura del suelo que pisamos?” presentado por Gema González Adrover, Raquel Martínez González y Mª de los Ángeles González Sabajanes, del I.E.S. A Sangriña de A Guarda (Pontevedra). En este caso el jurado destacó que era un contenido del temario, con el que se atrevieron a investigar, lo que dice mucho de estas científicas niñas, porque tuvieron la audacia suficiente como para querer comprobar si lo que cuentan los libros de texto está bien, todo eso del suelo, el subsuelo, las arcillas, las areniscas o las calizas, las propiedades de esa estructura en capas... En concreto se centraron en la forma en que se puede describir adecuadamente un suelo a partir de mediciones con instrumentos de laboratorio de su superficie, y relacionarlo con los aspectos externos de ese paisaje (tipo y densidad de vegetación, por ejemplo).
Hubo además dos áccesit: el primero a Lucía Cid Tovar, del IES David Buján de Cambre (A Coruña), por un trabajo titulado “¿Qué fruto seco tiene mayor cantidad de energía?” Algo, por cierto, que no deja de sorprenderme. Quiero decir, ¿no se han preguntado nunca cómo se calculan las Kilocalorías que vienen en los productos que consumimos? Uno mira los datos de la etiqueta y encuentra: 100 gramos de “loquesea” dan tantas kilocalorías. Pues bien, Lucía se dedicó a investigar cómo medir esa energía y, entonces, aplicar sus métodos a algo que tenía a mano: los frutos secos. Recopiló tablas con los datos estándar. Quemaba la misma cantidad de sustancias diferentes en un tubo de ensayo y hacía una gráfica de cómo era el desprendimiento de energía. Cuánta y de qué forma se producía el incremento de temperatura. Y evaluaba el experimento comparando los datos publicados con sus investigaciones. Por cierto, que descubrió alguna errata importante en lo que venía en los libros. Es cosa de poner cuidado, por supuesto.
El segundo áccesit llevaba por título “¿Qué sustancias podemos utilizar para repeler las hormigas?”, presentado por Jorge Cotado Ares, Jessica Granja Corzo, Roberto Macías Anta, Guillermo Rodríguez Díez y Estefanía Rodríguez Yánez, del I.E.S. Carlos Casares de Viana do Bolo (Orense). Se trata también de algo eminentemente práctico, y cercano a lo que uno puede ver en el día a día. Sobre todo cuando el pueblo sufre una invasión de hormigas. Cuando algo así pasa se va a la droguería, se pregunta al dependiente por un matahormigas adecuado, se lleva -posiblemente no el más caro- y lo prueba. Y, con el tiempo, descubre que las hormigas siguen por ahí.. O no. Los chavales creyeron que tirar de aerosoles y de productos insecticidas a lo loco no era lo mejor: ¿no podría haber algo más ecológico, más a mano? Recogieron un montón de hormigas y prepararon varias cajas similares con el mismo número de ellas. En unas colocaban algún producto: agua, azúcar, vinagre, sal, azufre... Dejaban un tiempo y contaban (ya es paciencia) y medían la distribución de hormigas en la caja. Con ello obtenían información sobre si el producto valía o no.
Hay que decir que todos los trabajos premiados tienen unos diplomas, por supuesto. El primero, además, un ordenador; el segundo un microscopio, y el tercero un telescopio. Aparte de un obsequio para los profesores -que también colaboran con sus alumnos- y un cheque compra de 300 euros del Corte Inglés para materiales que se van al cole... (Aprovecho para mencionar, aunque sea entre paréntesis, que no me cabe duda de que estos alumnos que se animaron a hacer una investigación científica sobre un tema no lo habrían hecho, seguramente, si no contaran con un profesor que se entusiasmó con ellos, y que les animó a trabajar más de lo que hay que hacer habitualmente. Los niños de la ciencia deben mucho a estos adultos que apuestan por ellos y por la ciencia).
En fin, que uno tiene cierta esperanza en que el futuro de la ciencia no se pierda del todo, cuando ve cómo cuando hay una motivación adecuada, el gusto por hacerse preguntas, por imaginar cómo hay que responderlas, sigue vivo en los niños. Y es encomiable que se reconozca en premios como los que creó la Casa de las Ciencias de A Coruña. (Por cierto, aprovecho otro paréntesis para agradecer a Marcos Pérez Maldonado, jefe técnico de la Casa y presidente este año del jurado de los premios, los datos sobre los trabajos).
Por finalizar, habría que comentar que, a veces, el espíritu investigador de estos escolares puede llegar a causarles problemas. Que la ciencia que hacen los niños no es simplemente un juego. Me refiero a la historia del pan bendito de Quintela de Humoso (Orense) y a la investigación que en 2001 hizo Jorge López sobre sus milagrosas propiedades, o sobre su ausencia. Un trabajo que fue reconocido como el primer premio de los Luis Freire, pero que le acarreó no pocos problemas en el pueblo, por aquello de haber aplicaro la ciencia allí donde los mayores sólo aplicaban la creencia religiosa. Lo contaba hace mucho Vendell (aquí y aquí), y hace poco Miguel Ángel Sabadell en divulcat.
Rescato unas sabias reflexiones de Vendell en el primero de sus artículos citados:
Obviamente la ciencia no produce verdades absolutas, pero sin duda el conocimiento que genera es el más objetivo al que podemos acceder, y por tanto un excelente punto de partida para la toma de decisiones que afectan a la sociedad. La actitud de estos jóvenes investigadores es tanto más valiosa en cuanto que vivimos una proliferación de creencias irracionales que, en un entorno de competencia, buscan un asentamiento institucional que garantice su supervivencia. Como muchas de estas prácticas tienen voluntad de traducir creencias irracionales en normas sociales, el pensamiento crítico se convierte en un instrumento esencial para delimitar las aspiraciones de estos credos a conformar nuestra realidad social.
Cuánta razón tiene... y más en días como hoy, con toda es historia de los obispos manifestantes.