Solsticial

Domingo 21 de diciembre de 2003. Publicado en el Diario de Noticias (Milenio)
Tienen los Burhuru, pobladores de regiones ignotas del Extremo Oriente que numerosos historiadores y antropólogos han intentado darnos a conocer (con poco éxito, todo hay que decirlo), curiosas costumbres sociales para celebrar lo que ellos llaman Atong-Tolin-Hau, la fiesta más importante de su ciclo anual, que coincide con nuestro solsticio de invierno, es decir, con nuestras navidades. Conforme la fecha del día más corto del año se va acercando, dan los Burhuru en caer en melancolías y angustias intensas, que son celebradas por familiares y amigos con reuniones tumultuosas, llenas de lloros, lágrimas y golpes de pecho. Aprovechando las reuniones, se hacen regalos de cosas inútiles, absurdas, gigantescas. Un corresponsal de finales del siglo pasado comentaba: "durante la cena me ví obsequiado con dos bañeras de hidromasaje, una suscripción a una revista de Arqueología, veinticino ordenadores personales sin monitor y un número indeterminado de muñecas que excretaban los más variados fluidos corporales; adoctrinado por Hus, el Burhuru que me hospedaba en su tienda de piel de yak, yo mismo iba regalando parte de estos presentes para corresponderles. Y mientras tanto todo el mundo seguía llorando a mares..."
Adornan las calles con incontables antorchas que encienden mes y medio antes y dejan apagadas durante el resto del año, acumulándose amontonadas luego, donde sólo las ratas encuentran algo de alimento, y dejando un olor rancio, además de provocar un gasto absurdo en gente tan pobre. Cantan salmodias repetitivas, una y otra vez la misma, con una retahíla de los antepasados fallecidos en celebraciones precedentes. Los caciques locales gastan el magro dinero comunal para montar coros, desfiles y cortejos fúnebres que, según afirman los expertos, intentan hacer que vuelva el Sol a su ser. Luego ellos se colocan encima de todo el caos sonoro y hacen interminables proclamas prometiendo que todo volverá a su ser.
Unos días después de las festividades, los Burhuru parecen olvidar todo, y niegan haber siquiera soltado una lágrima. Con sus pequeños y resistentes caballos, vuelven a recorrer las estepas heladas buscando matar el tiempo hasta el año siguiente. Curiosos, los Burhuru.