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Ruta del bacalo versus agricultura
Si hay algo que consigue inflarme...los, es la estupidez que inunda el discurso de defensa de los homosexuales y sus pretendidos derechos irrenunciables. Porque, si al menos tal discurso tuviera algo de coherencia, pero qué va, peca, y es lo que más me da por... saco, de lo que resulta más repugnante en un hombre: el orgullo, no precisamente gay (gallo quizás), mezclado con el cinismo y la mentira. ¡Y la cobardía!
Primero, por empezar con la mentira, la biología pura, donde podemos encontrar respuesta al tema de los lubricantes. Porque si hay algo que es claro como el agua, es que hay partes de nuestro cuerpo que están preparadas para lo que están, y que carecen de la flexibilidad y la lubricación necesarias para facilitar ciertos movimientos que, haciéndolos a pesar de todo, provocan los mismos efectos que un crónico estreñimiento; y eso, entre otros riesgos añadidos, no presentes cuando, solos ante el peligro, nos enfrentamos, tras un empacho de cuatro días a base de veinte kilos de arroz blanco, a una dura (estreñida) y larga (lo que hará que nos pene una enormidad) sesión de retrete. Cagar tanto, y tan duro, es muy duro, y no es sano... para el ano.
Y que la rigidez de un miembro, llamémosle guerrero del amor, le permita meterse en más de un lugar, no significa que se deba meter siempre donde le llaman, o donde cree que le llaman. Porque la rigidez mental es también capaz de decir que lo blanco es negro y no por ello vamos a admitir que la mente ejerce, al hacer tal tontería, los derechos inherentes a su propia naturaleza. Que se pueda hacer algo no es un derecho, sino una oportunidad de demostrar nuestra capacidad para elegir lo bueno entre otras posibilidades menos buenas, o malas del todo. Y sí, es cierto que uno tiene el “derecho” a equivocarse; puede hacerlo, ya que Dios lo permite; eso es claro. Pero a lo que no tiene derecho es a decir que su error es virtud y que su obrar es conforme a la naturaleza. Que un coche nos permita torcer a la derecha en una curva a izquierdas, no significa que esté pensado para permitir semejante mamarrachada, aunque haya gente con rigor mortis mental que no entienda ni estas cosas tan elementales. Beber un litro de lejía también es un acto la mar de natural, pero es malo; natural sí, pero malo, y punto.
Otro aspecto que me repele profundamente, como si se quisiera colarme una mentira por la puerta de atrás, es el hecho de que se limite el amor homosexual al tema de la pareja. Es la cobardía de no llevar hasta las últimas consecuencias la coherencia al defender la tesis, pues muchas veces basta hacer eso para ver el error de la misma. Porque, si en la familia heterosexual, sí parece evidente la razón por la que pensar en un hombre solo y en una sola mujer, no veo el equivalente en la familia homosexual. No veo la razón por la que el matrimonio homosexual no pueda estar formado por tres o más miembros. Y eso, claro está, con los mismos derechos como familia que los que pueda disfrutar la pasada de moda pareja de dos, número que no es sino una reminiscencia de la retrógrada y perversa moral judeocristiana. Y sin entrar a considerar las indudables ventajas económicas que una unidad tan potente brindaría a los niños adoptados por ella (los homosexuales tienden a ser de poder adquisitivo medio-alto), habría que reconocer que la complementariedad, física y mental, en una familia de tres o más miembros homosexuales, sería mayor que en una de dos, pues son más de uno, y más de dos, los orificios y puntos calientes que nos brinda el cuerpo para el deleite y las demostraciones de afecto mutuo. No habría duda de que las relaciones sexuales más completas serían aquellas en las que se vieran colmados todos los receptores del amor que la naturaleza nos ha regalado, y que nuestra despierta inteligencia descubre. Tenemos más de un orificio de entrada o salida capaz de hacer funciones sorprendentes, contrarias incluso a lo que es costumbre, pues la costumbre no debe nunca convertirse en ley que nos limite la acción de dar y recibir, acción tan cristiana ella, por cierto. Tenemos un pene (los hombres, claro) y, nada más y nada menos, que veinte dedos, algunos de ellos, la mar de hábiles para ciertas actividades lúdicas. Además, está el apéndice nasal, capaz, con un buen catarro encima, de inenarrables lubricaciones, y de la lengua, músculo versátil donde los haya, autolubricado y capaz de hablar o de decir cosas muy calladas y profundas al oído (orificio sexual auditivo) atento. Y eso sin contar la parafernalia de objetos mecánicos, electrónicos, audiovisuales, y demás artefactos que la inteligencia humana ha sabido crear para saturar todos nuestros sentidos. Porque no hay duda de que, cuando se trata de amar, todos los sentidos se han de ver involucrados y, a poder ser, colmados. Debemos cubrir hasta la última de las posibilidades sensoriales de nuestros compañeros de cama (o playa, o coche, o piscina, o lo que sea), porque ese es el clímax gozoso de la entrega a los demás. No hay duda de esa es la verdadera misión a la que estamos llamados: dar y tomar, amar y ser amados, o mejor, amar y ser amatres, amacuatro, o amamásaún; no hay límite para la imaginación sexual completamente entregada al generoso amor a los prójimos. Por la complementariedad perfecta, por la independencia económica de las unidades familiares, por el amor en manada, ¡Viva por siempre el matrimonio homosexual sin barreras!. Al menos, sin más barreras que la que supone un buen condón.
En fin, creo que está claro que no comparto tal punto de vista. Y ahora se me ocurre que, así como un país debe saber qué es industria básica y qué no, una sociedad debe discernir entre lo que es una célula clave para la vida social (la familia) y lo que no lo es, aunque se parezca en algo. Pues un convento de monjes, o un sindicato, o una asociación de prensa, o un piso de estudiantes, son, cada uno de ellos, una comunidad, pero no es una comunidad familiar, ni debe gozar de los mismos derechos que una familia. Igual que la industria que se mueve alrededor de la ruta del bacalao nunca debe ser protegida, por el estado y por la ley, del mismo modo que lo que corresponde a la agricultura o la industria básica, el matrimonio homosexual será cualquier cosa menos matrimonio en cualquier ordenamiento legal medianamente serio. Toda industria básica, o la agricultura, o la familia, deben siempre tener un tratamiento especial, que no es privilegio, sino reconocimiento de la verdadera importancia que tienen en la vida económico-social de un país responsable y con ganas de mantener el bienestar a largo plazo.
La Iglesia, como siempre, sola, es la que pone freno, a costa de recibir insultos y bofetadas inmerecidas, a tanta estupidez que nos quiere violentar el sentido común.
¡Por la industria básica, por la agricultura, por la familia.!
Un saludo a pantalón subido.
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